Es tarde, más bien temprano, son las 6:48 am, y aún no me puedo dormir, me dieron muchas ganas de escribir, de hacer un viaje por mi pasado, de recordar lo hermosa que fue mi niñez. Sé que no todos pueden decir lo mismo… que su infancia fue plena, feliz, que no hubo momentos de dolor que la marcaran y te hicieran abrir los ojos para ver la vida de otra forma, una más fría, calculadora, quitarte la inocencia de encima y empezar a mirar, actuar y reaccionar frente a los demás de una forma más distante, más “adulta”.
Soy una agradecida de la vida, de Dios, del destino, o como quieran llamarlo, por la infancia que tuve, la disfrute tanto, la viví a concho, y quizás por lo mismo aún me siento una niña (y no sólo por el hecho de verme de 13 años teniendo 20, próxima a cumplir 21 en unos meses…). Al pensar en mi futuro siempre digo “cuando sea grande”, pero OYE tienes 20 años!, eres mayor de edad, tienes tus derechos, pero también obligaciones, estás en la universidad, si quisiera ahora podrías casarte sin autorización de tus padres y llevar solamente a tus testigos, que por lo demás no son muy difíciles de conseguir… tienes que terminar tu carrera para luego abandonar el mundo estudiantil y comenzar una nueva etapa: la laboral. Cuanto soñamos con eso cuando pequeños, pero ahora que se acerca lo único que quieres es poder retroceder el tiempo, poder volver a los brazos más seguros del mundo, los de tu mamá y dejar que ella solucione tus problemas, ya sea con un beso, conversando o intercediendo por ti. Pero a medida que los años pasan las cosas cambian, y esa necesidad de protección también.
Cómo sea, no era ése el tema que quería tocar, no voy a hablar sobre el ciclo de la vida porque ya habrán entradas para ello.
Mi infancia, cómo no recordarla si fue lejos la mejor etapa de mi vida hasta el momento, es inevitable no acordarme de mi mamá cuando me enfermo, de los libros para pintar que me comprabas para que me entretuviera en la cama mientras mejoraba (libros que hasta el día de hoy me gustaría tener cuando estoy enferma), las veces que recorría sola las calles de Coyhaique, me sentía tan grande, tan independiente, sólo eramos mi bicicleta y yo, lo único que podía arruinar el paseo era pillarme con “el viejo del saco” que miedo me daba ese pobre vagabundo que lo que menos quería era hablar con una niña como yo, sino que una moneda, un poco de comida, o algo por el estilo. Sin duda era la mejor escalando árboles, llegaba a la copa sin miedo a caerme, recolectar flores y pasar vendiéndolas casa por casa para ganar alguna moneda que por lo demás las pocas que recibía o eran de mi mamá o de la mamá de mi amiga. Tomar mate con mi querida Señora Bella, jugar con el Ale e intentar llamar la atención de Gonzalo… los paseos rutinarios del Domingo, cómo los odiaba, me mareaba siempre en la carretera, pero ahora que no los tengo no saben cómo me gustaría que mi papá nos dijera: niños subanse al auto, vamos a hacer un “pingi” (picnic), pero claro ahora no se puede ir a ninguna parte porque esta lleno de peajes, en fin… Las fotos en los paisajes más hermosos del mundo, las visitas semanales a San Sebastián, ir a la Piedra del Indio y asombrarnos con la noticia de que otro lugareño se ha suicidado en ella, los miles de perros que rescaté cuando pequeña, que llevaba a casa y no importaba que estuvieran sólo una hora conmigo, porque yo ya los amaba y me habían alegrado el día.
Cruzar el cerco que separaba el regimiento donde trabajaba mi papá y nuestro pasaje e ir a explorar junto con el Ale y la Dani, el lugar era giganteeeee, creo que no terminé de conocerlo nunca, íbamos con mucho cuidado de no pillarnos con los soldados ni de desaparecer por mucho tiempo porque nuestras mamas podrían preocuparse y si nos pillaban era castigo seguro.
Mi jardín infantil (el Pequitas, ése era su nombre), que bien lo pasaba ahí, lo único malo eran los desayunos, como odiaba la leche que servían con la nata, aún me acuerdo y me da asco, menos mal mi mamá rara vez me mandaba en las mañanas por el frío, lo más gracioso es que yo tenía que cuidar al Ale en el jardín y no él a mí como correspondía por el hecho de ser la menor, el lo odiaba, yo por el contrario amaba ese lugar. Luego vino el cambio, dejé el jardín y comencé a asistir al colegio, la Escuela Mater Dei, me adapté rápido, hice muchos amigos, mi instinto aventurero no se opacó con el cambio de un pequeño lugar a un establecimiento GIGANTE, el cuál estaba lleno de pisos, creo que tampoco terminé de conocer mi colegio. Lo mejor de él era el patio de juegos, había una cuncuna gigante, la cual se podía escalar, más atrás la multi cancha, pero ojo habían como 4 en todo el colegio, sin contar el gimnasio…
Otro lugar que recuerdo con cariño es el campo de mi abuelo, ése sí que era el mejor lugar para tener una aventura. La casa enorme y vieja que me daba miedo de noche, meterme en el cajón del trigo escondiéndome del Ale, cuando los tres hermanos estábamos juntos para todas partes porque claro, no habían más niños con los que jugar, salvo los hijos de los trabajadores de mi Tata que por alguna razón mis papas no dejaban que nos juntarnos con ellos. Buscar la manera de que mi abuelo se sintiera orgulloso de mí, era tan poco lo que lo veía que cuando estábamos juntos intentaba hacer muchas cosas para que se riera o sintiera que yo era su favorita, para eso tenía que competir con mi prima, no recuerdo su nombre… pero tengo asumido que ella era su regalona… aún así ella NO ERA VIRGO ni DE LA CATÓLICA (como nosotros), y NO TENIA SU DEDO PEQUEÑO DEL PIE IGUAL AL DE ÉL, esas pequeñas cosas me hacían sentir orgullosa porque eran cosas que sólo ambos compartíamos, sólo él y yo.
Recuerdo la pieza de mi Tío Marcelo, llena de calendarios de mecánico, y llaveros colgando, siempre me iba a meter a ella y buscaba uno que me gustará y se lo pedía, en pocas ocasiones el accedía y me lo regalaba, la mayoría de las veces me echaba y le pedía a mi mamá que me dijera que no tenía que meterme en su pieza. Como olvidar estar durmiendo todos en la misma pieza que era de mi papá cuando él era pequeño, tenía hasta los mismos cuadros, leer sus comics del pato donal’d era mi ritual antes de dormir, TENÍA que hacerlo sí o sí.
Lo mejor de todo era ir a buscar manzanas, subirnos a los árboles y comer tantas como pudiéramos y el resto llevárselas a mi abuela para que hiciera un kuchen o algún pastel, lo mismo con las frutillas, frambuesas y guindas que habían por ahí, pero no se comparaba con las manzanas… ahora que lo pienso el terreno en donde estaban era muy místico, lleno de manzanos, una paz increíble, habían 2 pequeñas casas que eran de los chanchos, más bien parecía un gallinero y estoy segura de que eso era, porque nunca vi chanchos… esas casitas para mí eran el ”club”, ahí me escondía cuando mis hermanos me decían que venía un lobo y que si me pillaba sola me iba a llevar con él. También recuerdo la primera vez que vi a un ternero nacer, cuando alimentaba a los más grandes, arrancar de las vacas que nos seguían, salir con mi papa a recorrer el campo y que nos contara sus historias de pequeño, eran hermosos momentos…
Como dicen “todo tiempo pasado fue mejor” yo al menos AHORA pienso igual, pero quién sabe más adelante, quizás le encuentre el visto bueno, el lado positivo a crecer y no quiera añorar mi niñez como ahora y si eso sucede lo inmortalizaré en una entrada.